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domingo, 9 de noviembre de 2014

De las mentiras, verdades, verdades mentirosas y mentirosas verdades...


Todo es mentira.
Sabemos desde el principio que todo es mentira.
Creemos “eso”, pero sabemos que nos mienten.
Más o menos, pero siempre hay algo de mentiras entrelazadas con la historia verdadera.
Todo es mentira.
Los dichos, los paisajes, las vistas, las historias, las personas…
En las películas, las series, las novelas, las publicidades, lo que sale del movimiento de los labios de cualquier político; todo es mentira. Lo sabemos desde el momento en que decidimos prestarle atención. Todo es mentira. Pero nos gusta, lo aceptamos y vamos a verlo al teatro, al cine, o le brindamos nuestro tiempo a la TV, a la radio… Y si nos gusta, lo agradecemos y nos sentimos felices de haber presenciado todas esas mentiras. Lo recomendamos. Lo reproducimos.
¡Claro!, no todo es lo mismo. Aun así, son mentiras.
Ahora viene la justificación de las mentiras, ese momento en que aparecen los calificativos para “suavizarlas”…  Pero, no.
Quizá haya quien se esté molestando por estar incluyendo a una expresión artística dentro de la generalidad de las mentiras. Pero… Es lo que es. Por mucho que el valor de la obra sea inconmensurable, no deja de ser una gran mentira; una construcción pergeñada para agradarnos, entretenernos, alegrarnos, sensibilizarnos y, ¿por qué, no?, generar ingresos para quien se dedicó a tal creación. Algo así como “mentime que me gusta”. Y resulta que es una de las pocas mentiras que deseamos que nunca se terminen.
Pero el resto de las mentiras, nos gusten o no, siguen estando, siendo, aunque no queramos. Seguramente a muchas no las queramos, pero otras las agradecemos porque, al final, terminan “endulzándonos los oídos” aunque no nos guste admitirlo.
¿Por qué nos costará tanto admitir que vivimos mientiendo?
Las mentiras están muy mal valoradas, pero todos y siempre de algún modo, mentimos.
Al buscar la definición de mentira en el Diccionario de la Real Academia Española, esto dice:
mentira.
(De mentir).
1. f. Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa.
2. f. Errata o equivocación material en escritos o impresos. Se usa más tratándose de lo manuscrito.
3. f. coloq. Manchita blanca que suele aparecer en las uñas.
4. f. coloq. Chasquido que producen las coyunturas de los dedos al estirarlos.
~ oficiosa.
1. f. La que se dice con el fin de servir o agradar a alguien.
coger a alguien en ~.
1. loc. verb. coloq. Hallar o verificar que ha mentido.
decir ~ por sacar verdad.
1. loc. verb. Fingir que se sabe algo, para hacer que lo manifieste otra persona que tiene noticia de ello.
parece ~.
1. loc. verb. U. para dar a entender la extrañeza, sorpresa o admiración que causa algo.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Aunque están muy mal vistas, aunque lo neguemos, todos mentimos. Cuando le decimos a alguien “gracias”, pensando en “¡andá a la puta que te parió!”, estamos mintiendo. Y es así todo el tiempo.
Quizá sea la famosa “buena educación” la mayor generadora de mentiras: “Pasá, por favor”, pero por adentro pensamos “¡Justo a mí me tocó!”; “¡¿Te gusta cómo me queda?!”, y respondemos “precioso, te queda pintado”, aunque quisiéramos decir “aflojalo un cacho que te vas a engangrenar”… Pero por consideración, afecto, o sólo para no hacer pasar un mal momento innecesario, echamos mano a alguna mentira.
Convengamos que no se puede andar por la vida diciendo sólo verdades. No es posible. Para empezar, la verdad es un concepto demasiado subjetivo; lo que es verdad para unos, para otros no lo es. Y sólo podemos generalizar como verdad unos pocos conceptos. Por si no la viste, hay una vieja película de Jim Carey, llamada “Mentiroso, mentiroso” que muestra la vida de un abogado que no puede mentir.
Mentir es parte de la verdad. Sería bastante más útil aceptarlo, antes que seguir negándolo.
También es cierto que todas las mentiras no son iguales. Y es a partir de esto que empezamos a considerarlas de distinto modo. Pero siguen siendo mentiras.
Por supuesto que no es lo mismo la mentira del Ratón Pérez, el Conejo de Pascuas, Papá Noel, Los Reyes, la cigüeña y tantas otras; que “¡Es la primera vez que me pasa!”. Pero siguen siendo mentiras.
Es extraño: al tipo que dice la verdad todo el tiempo, se le dice desubicado. Y al que miente, mitómano.
La cultura nos enseña a mentir, pero nos sanciona cuando lo hacemos. Porque es ahí donde empiezan a contar las valoraciones que hacemos de las mentiras. Algunas están permitidas, otras, no. Y después se justifica con un “es cultural”.
Por supuesto, no todo es lo mismo. Aun así, son mentiras.
¿Pensaste cómo te sentirías, si todo el tiempo te dijesen la verdad? ¡Adiós diplomacia!, ¡Adiós vínculo!...
Mentir es tan corriente como decir la verdad. Es más, es necesario que coexistan ambas para mantener algún lugar en la sociedad. Los extremos “verdaderos” o “ mentirosos” nos expulsan de cualquier ámbito.

La verdad está sobrevalorada y la mentira sobredesprestigiada.

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